10:30 del día 8 de Junio de 2007. Día del vigésimo cuarto cumpleaños de un servidor. Recibo una llamada telefónica:

Yo: “Buenos días.”
Ella: “Hola. ¿Adán?”
Yo: Sí, soy yo… ¿Quién…?
Ella: Verás. Es que he encontrado tu cartera.
Yo: En serio? Genial! ¿Dónde puedo ir a recogerla?
Ella: Estoy en Príncipe Pío (…)

11:40 del mismo día. Príncipe Pío. Tras una llamada telefónica para averiguar la dirección exacta y una parada en el SuperCor del centro comercial para comprar unos bombones de agradecimiento, me planto ante su puerta y llamo al timbre.

Yo: Hola, soy Adán. Me has llamado para…
Ella: Hola!. Sí, la tengo aquí. He tenido que abrirla para encontrarte…
Yo: ¿Y cómo lo has hecho?

En ese momento vi una de las caras más dulces, pícaras y algo tímidas que he visto en mi vida.

Ella: Verás… No tenía tu teléfono, así que he llamado al ambulatorio - tu tarjeta del médico estaba en la cartera -. Les he explicado la situación y me han dado tu móvil.

Pensé: una chica que no me conoce de nada, que encuentra mi cartera y se lo curra para conseguir contactar conmigo tiene que ser muy interesante…

Yo: Gracias… Es el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho en mucho tiempo. Toma, unos bombones para recuperar las energías consumidas en guardar mi cartera y encontrarme.

Y ahí se acaba la historia. Con mi amable rechazo a su taza de café y mi vuelta al mundo real para seguir luchando por tener todos los papeles absurdos que debemos tener para ser adultos responsables…
¿Por qué rechacé esa invitación tan prometedora? Tal vez porque ahora mismo no es el momento para conocer a más gente. Hay otras personas en mi vida a las que quiero conocer.

Eso sí, aunque no sé cómo se llama, aún conservo su teléfono.